Gentrificación y el derecho a la ciudad
La ciudad es una de las mejores ideas que ha tenido la humanidad. De hecho, más allá de una idea, es un fenómeno natural que sucede a partir de la convivencia de un grupo de personas en un territorio durante un tiempo prolongado. Bajo esta premisa vale la pena preguntarse: ¿qué nos da la ciudad? ¿Qué significa a nivel individual para cada persona?
Creo que una de las primeras respuestas es que es casa, y también identidad, lugares comunes, historias, memorias y calidad de vida. Sin embargo, la ciudad que habita cada quien no es el total. Si bien te puedes desplazar por muchas razones a distintos lugares, en realidad el espacio más común para una persona es su colonia: donde jugó de niño, a qué parque fue, el señor de la tienda, todas las memorias y también lo que le brinda hoy: calles, transporte, el café o bar de la esquina, el mercado y las tortillas. Entonces la colonia se vuelve la mayor parte de la experiencia urbana y, además, funciona como base para la interacción con el resto de la ciudad. La casa va más allá de los muros de la vivienda de cada habitante.
Vivimos en tiempos donde la mayoría de los órdenes sociales y económicos se rigen por las leyes de la oferta y la demanda, con todas las implicaciones que esto conlleva. La vivienda no es la excepción: los desarrolladores inmobiliarios buscan ofrecer productos que satisfagan las necesidades y, sobre todo, las aspiraciones de un mercado que encuentra una variedad importante de opciones, tanto en esquemas de renta como de compra. Esto también es parte del sistema económico; la competencia permite que el consumidor encuentre diversas alternativas y, de acuerdo con sus gustos y preferencias, adquiera o rente la mejor opción. Hasta aquí, esto no representaría un problema para los distintos grupos sociales que habitan una ciudad.
El problema es que no se trata simplemente de quién puede comprar o no un producto de cierta calidad y valor agregado de acuerdo con su capacidad económica, como podría ser un automóvil. En ese caso realmente no existe conflicto, ya que un auto —desde su versión más austera hasta la de mayor lujo— cumple con el propósito primordial de transportar personas. Y aquí el tema es que, si bien la movilidad es una actividad que puede sumar o restar en cuanto a la calidad de vida, esta no solamente está determinada por el vehículo o el medio de transporte, sino por las vías por las que se desarrolla y los distintos atributos que conlleva: velocidad de traslado, calidad y mantenimiento de las vías, seguridad. Por supuesto, no podemos dejar de lado lo cómodo que puede ser viajar en un automóvil amplio y lleno de aditamentos que dan confort,
pero sin duda ese no es el factor determinante. Un conductor viajando en un auto de lujo se puede quejar igual —o más— de las condiciones de una vía o del tráfico que el conductor de un vehículo modesto. Además, la mayoría de las ciudades ofrecen algún sistema de transporte colectivo. Por lo tanto, sería absurdo pensar que todos tenemos derecho a cierto modelo de auto; a lo que tenemos derecho es a transportarnos de forma segura, confortable y eficiente. Entonces, la calidad de vida la determina en mayor medida la ciudad, no el modelo de automóvil que utilicemos. Es más: en muchos casos, cuando se cuenta con la infraestructura adecuada, es mejor utilizar el transporte público.
Este ejemplo ilustra de manera simple lo que sucede en la vivienda. Una casa, en primera instancia, satisface un conjunto de necesidades para una persona o una familia y, de acuerdo con su estructura, requiere de espacios para desarrollar actividades personales e íntimas. Como en el ejemplo del automóvil, se puede tener muchas opciones: desde una casa muy sencilla hasta una residencia de lujo, amplia con acabados y tecnología de punta. Si ambas cumplen con el reglamento de construcción, satisfarán la necesidad de cobijo y los espacios para descansar, alimentarse, convivir. Sin dejar de lado que una casa en su interior puede contener muchos atributos que elevan la calidad de vida —y que tienen un costo, como calentador de agua, internet, o hasta alberca y gimnasio privado—, por lo tanto lo que realmente determina la calidad de vida de forma importante es el sitio donde se encuentra.
Si lo analizamos, en contextos urbanos, lo primero que una persona determina cuando va a elegir dónde vivir es la colonia, el barrio. Obviamente las opciones estarán acotadas por su capacidad económica, y es aquí donde aparece el problema. El conductor de un VW Sedán tiene el mismo derecho a calles seguras y bien mantenidas que el del Mercedes Benz. Todos, absolutamente todos los habitantes, tenemos el mismo derecho a la ciudad.
Definamos eso. Primero hagamos un poco de historia para entender lo que hoy identificamos como calidad de vida que se define a partir de la vivienda. En los años 60 se da el auge de la apuesta por el uso del automóvil, por lo que las ciudades se expanden a través de nuevos fraccionamientos en las afueras de las zonas más densificadas, ofreciendo una vida tranquila y segura en conjuntos cerrados que contienen amenidades para familias: parques, calles internas y, a veces, hasta clubes deportivos con alberca. Se copia el modelo estadounidense de los suburbios. Probablemente funcionaron muy bien para algunas generaciones; sin embargo, alrededor de estos fraccionamientos la ciudad también se desarrolló y densificó, acompañada del crecimiento natural del
parque vehicular, generando tráfico y mayores tiempos de traslado.
Como siempre sucede, las nuevas generaciones —después de haber vivido buena parte de su niñez en el asiento de atrás, en medio del tráfico y encerrados en un condominio— comienzan a apreciar el caminar y el roce social, en resumen, la ciudad. A partir de finales de los 90 comienza una redensificación de las colonias centrales de la Ciudad de México —al igual que en otras metrópolis como Londres o Nueva York—, primero de manera orgánica, grupos de artistas e intelectuales encuentran espacios en colonias tradicionales que cuentan con atributos que estos grupos valoran. A partir de aquí, los desarrolladores inmobiliarios encuentran una oportunidad, ofreciendo proyectos a una clase media y media alta, que les brindan una vida social dinámica, cercanos a la cultura, mejor conectados, y espacios históricos con identidad. Es decir, responden a un cambio de paradigma en los valores de las nuevas generaciones, las cuales se dan cuenta que hay una vida más allá de la caseta de vigilancia de su condominio y así empiezan a poblar estas colonias buscando poder caminar al trabajo, ir a la tortillería, tener cerca cafés, parques y barrios con identidad.
En la Ciudad de México se suman dos fenómenos más, derivados del auge turístico internacional que surge en la ciudad a partir de finales de los 2010 y, como consecuencia, la proliferación de rentas vacacionales. En el sentido positivo, traen economía a los barrios, ya que los visitantes consumen localmente; pero en la parte negativa, hacen que los propietarios dejen de rentar por temporadas largas y se enfoquen en las estancias cortas, creando escasez y, por lo tanto, alza de precios. El otro fenómeno surge durante y después de la pandemia de 2020-2021, cuando muchos extranjeros que pueden trabajar de manera remota se quedan a vivir en estas colonias, y los propietarios que arriendan tienen la posibilidad de cobrar más al tener inquilinos con mayor capacidad económica dispuestos a pagar esos precios. Volvemos al punto inicial: las leyes de oferta y demanda se imponen.
Lo anterior es el resumen simplificado de lo que son las causas de este fenómeno. Hablemos ahora de los efectos, tanto positivos como negativos. Empezando por los últimos: sin duda, el más grave es el desplazamiento de muchos habitantes a quienes ya no les alcanza
—principalmente quienes rentan— y se ven en la necesidad de migrar a otras colonias más económicas, pero en las cuales no tienen arraigo y donde probablemente no tengan la misma calidad de vida. Lo paradójico es que la tuvieron por mucho tiempo en su colonia, mientras nadie más valoraba la vida en ese barrio. Esto es grave, porque justamente evidencia que, más allá de atentar contra el derecho a la vivienda, la gentrificación lo que quita es el derecho a la ciudad.
Además, esto trae consecuencias como la pérdida de identidad del barrio: cierran negocios y comercios locales, se genera desarraigo social y comunitario. Todo esto es sustituido por establecimientos que atienden a niveles socioeconómicos con mayor poder adquisitivo y un encarecimiento general de servicios y costo de vida.
En lo positivo encontramos consecuencias como la renovación urbana, la diversidad cultural —siempre y cuando haya integración social con los nuevos habitantes—, derrama económica, plusvalía y mejores servicios.
Sin duda, este es un fenómeno urbano y social muy complejo al que tenemos que enfrentarnos sin apostar por su erradicación. Tenemos que pensar en estrategias más que en soluciones absolutas. La pregunta es: ¿cómo podemos conservar los efectos positivas y mitigar los negativos?
ESTRATEGIAS PARA UNA CIUDAD INCLUYENTE
El problema más grave es la expulsión de población. Aquí es donde desarrolladores, arquitectos y autoridades tenemos la mayor responsabilidad y, también, la mayor oportunidad de generar impacto positivo.
- Regulación inteligente de rentas vacacionales
Desde el gobierno se pueden atacar algunos síntomas, como la regulación de las rentas vacacionales para mantener un equilibrio sano donde se reciban turistas que generen derrama económica, pero que no disparen los precios de manera descontrolada. Ciudades como Barcelona y Ámsterdam han implementado cuotas por edificio o por manzana, limitando el porcentaje de viviendas que pueden destinarse a estancias cortas. Esto no elimina el fenómeno, pero lo mantiene en proporciones manejables que no desplacen masivamente a los residentes permanentes. En la Ciudad de México, se podría establecer un registro obligatorio de unidades de renta vacacional y límites por zona, monitoreando el impacto en la disponibilidad de vivienda para residentes locales.
- Vivienda social integrada, no guetos
La clave está en integrar vivienda accesible dentro de las propias colonias, no en crear desarrollos segregados en las periferias. Esto significa que en los nuevos desarrollos inmobiliarios se reserve un porcentaje de unidades —digamos entre 20% y 30%— a precios controlados o subsidiados para pobladores que llevan mucho tiempo viviendo en la zona. El modelo de Viena, Austria, es ejemplar: el gobierno posee cerca del 60% de la vivienda de la ciudad y la renta a precios accesibles, mezclada con vivienda
privada en los mismos edificios y barrios. Singapur también ha logrado esto exitosamente con su sistema de HDB (Housing & Development Board), donde el 80% de la población vive en vivienda pública de calidad, integrada urbanísticamente con desarrollos privados. En México, el Infonavit podría jugar un papel crucial promoviendo esquemas de renta con opción a compra en colonias centrales, en alianza con desarrolladores privados.
- Reciclaje arquitectónico con identidad
Los proyectos de renovación de edificios antiguos son una excelente alternativa que respeta la identidad arquitectónica del barrio mientras redensifica de manera inteligente. Al rehabilitar una casona porfiriana o un edificio art déco y convertirlo en departamentos, se está aprovechando infraestructura existente, preservando el patrimonio arquitectónico y, generalmente, integrándose mejor al tejido urbano que una construcción nueva. El reto es que estos proyectos también contemplen unidades accesibles, no solo departamentos de lujo. Desarrolladores conscientes pueden buscar incentivos fiscales o de uso de suelo a cambio de incluir vivienda accesible en estos proyectos de reciclaje.
- Desarrollos que aporten a la vida comunitaria
Los nuevos desarrollos deben diseñarse pensando en su aportación social y cultural a la colonia. Esto significa incorporar comercios en planta baja que sirvan a la comunidad local —no solo cafés de especialidad, sino también tortillerías, tintorerías, papelerías—, espacios de integración como talleres comunitarios, gimnasios accesibles, áreas verdes públicas o semipúblicas. Un edificio no debería ser solo una torre de departamentos cerrada; debería ser un nodo que enriquece la vida del barrio. Proyectos como el modelo de “uso mixto vertical” que se está implementando en ciudades como Seattle o Vancouver, donde el mismo edificio contiene vivienda de distintos rangos de precio, oficinas, comercio local y espacios comunitarios, pueden ser una referencia valiosa.
- Evitar la exclusividad, promover la inclusión
Debemos abandonar por completo la idea de “desarrollo exclusivo” como valor agregado. Al contrario: el verdadero valor de un desarrollo debería medirse por su capacidad de integración, tanto social como espacial. Esto significa evitar bardas, rejas y sistemas de seguridad que aíslen el desarrollo de su entorno. Significa diseñar espacios que inviten a la interacción entre distintos estratos socioeconómicos. Significa que un desarrollo de vivienda media-alta comparta la misma calle, el mismo parque, los mismos servicios que vivienda accesible. La diversidad es lo que hace vibrante a un barrio; la homogeneidad económica lo mata.
- Multiplicar la calidad de vida, no concentrarla Finalmente, la estrategia más importante a largo plazo es llevar los atributos de calidad de vida —peatonalidad, espacios recreativos, seguridad, conectividad, belleza arquitectónica— a muchas más colonias de la ciudad, no solo a las ya privilegiadas. Si logramos que más barrios ofrezcan lo que hoy solo se encuentra en la Roma, Condesa o Polanco, la presión sobre estas colonias disminuirá naturalmente. Esto requiere coordinación entre desarrolladores y autoridades para invertir en infraestructura peatonal, transporte público de calidad, espacios verdes y servicios en colonias que históricamente han sido descuidadas. No se trata de “gentrificar” más colonias, sino de democratizar la calidad de vida urbana y promover el derecho a la ciudad a todos los habitantes.
CONCLUSIÓN
La ciudad es, en esencia, un tejido de historias, no solo una suma de metros cuadrados. Es en el encuentro de todos los perfiles, de todas las historias y de todos los oficios donde reside su verdadero valor. La verdadera grandeza de una urbe no se mide por la altura de sus rascacielos o el precio de sus propiedades, sino por la capacidad que tiene de ofrecer calidad de vida a todos los que la habitan.
Como desarrolladores y arquitectos, tenemos el poder de configurar las ciudades. Eso es un privilegio, pero también una responsabilidad enorme. Podemos elegir entre construir muros que excluyan o puentes que integren. Entre hacer ciudad o simplemente hacer negocio. La buena noticia es que ambas cosas no son excluyentes: un desarrollo consciente, que piense en su aportación social y su integración urbana, no solo es éticamente superior, sino que genera valor reputacional y social a largo plazo.